
Una nueva Saga, que llevará por título "Thúval. Las Sagas de Invérnnia", está ya en fase de maquetación y publicación. Nos hemos propuesto el próximo mes de octubre de 2010 como fecha de lanzamiento. Es decir, quedan apenas tres meses. Habrá nuevos personajes, nuevas tierras y, bueno, los que lo han leído en la fase previa a su publicación nos han dicho que les ha entusiasmado. Como las comparaciones son siempre odiosas, no vamos a decir que es mejor o peor que los libros de Iván de Aldénuri. Pero sí podemos decir que, los que hayan disfrutado con Iván de Aldénuri, disfrutarán con Thúval de Invérnnia.
¡Hasta octubre, entonces!
Pero mientras tanto, aquí tenéis el principio del libro, el primer capítulo de la Primera Parte:
(al final del texto tenéis un mapa orientativo)
1ª PARTE
LA LEYENDA DEL JABALÍ BLANCO
1
¿En qué lugar del mundo no existe una leyenda que rememore las gestas de un pasado remoto, gestas que de otro modo habrían quedado sepultadas en el más completo de los olvidos?
¿Cuántas veces no se habrán cantado y repetido hasta confundirse en la memoria, como se mezcla en el paisaje el rumor del agua, el canto de los pájaros y el viento entre los bosques? ¿Qué nos cuentan? Y sobre todo, ¿por qué las recordamos?
Dicen que de todas ellas ha destacado siempre por su rara belleza y perfección la Oda del Néiren-Nahir, así llamada en la lengua antigua y también conocida como La Leyenda del Jabalí Blanco. En ella se relata la Historia de la Primera Era, a partir de la cual Athlandir fundó la estirpe de los athlanios, célebre linaje de irreductibles guerreros llegados desde lejanas tierras allende el mar, cuya fama llegó a extenderse hasta los confines del mundo conocido.
Y he aquí su historia.
Tras recorrer las costas del continente, esta raza de hombres curtidos en mil guerras se detuvo a morar en la gran isla, a la que bautizaron con el nombre de Athlandum. Pasado el tiempo, a la muerte del legendario héroe, era tal la admiración que sus gentes le profesaban, que la orla dorada que había lucido en el campo de batalla fue guardada como una auténtica reliquia. Incluso algunos llegaron a creer que su portador se haría invencible en la guerra. Dicha orla, llamada Néiren en la lengua antigua, era una hermosa cinta dorada de la que Athlandir se servía para sujetar su larga cabellera. Estaba repujada en oro y en el frontal destacaba un sello en el que figuraba el emblema de la Casa de Athlandir: una cabeza de jabalí, símbolo del poder y la fortaleza de su imperio.
Pero con la muerte de Athlandir comenzó un lento y progresivo declive de la nación. Resultó paradójico que la gran facilidad con que los athlanios alcanzaron tantas y tan continuadas victorias, fue también la causa y el origen de sus males.
Pues el éxito prolongado, si no va acompañado y atemperado por la humildad, pronto engendra arrogancia en el corazón de los hombres. Y la arrogancia, a su vez, levantará llamaradas de ira sobre los rescoldos de las más pequeñas rivalidades.
No existiendo un enemigo exterior sobre el que descargar su furor, cada clan ambicionó acrecentar su propia gloria y riqueza a costa de sus hermanos. El deseo de apropiarse del Néiren invicto de Athlandir avivó aún más las rencillas y disputas entre los señores de Athlandum.
Así pues, el asentamiento en el que sería su nuevo y definitivo hogar, comenzó con graves disensiones, que fueron en constante aumento, hasta que el peligro más temido, el de una confrontación civil abierta, terminó por hacerse realidad.
Sólo uno entre los guerreros athlanios: Skair, “aquel a quien acompaña la Sabiduría”, trató de aplacar el destructor odio fratricida. Pero lejos de conseguirlo, se vio envuelto en las redes de una maligna conspiración dirigida a acabar con su vida y con la memoria de toda su Casa.
Las batallas fueron tan crueles y sangrientas que amenazaron con extinguir a los propios athlanios de la faz de la tierra. Por eso, no tardaron en escasear los alimentos, pues no había quien cultivara ni recogiera los campos, y las plagas devastaban los escasos sembrados marchitos. Las águilas fueron las primeras en partir. Incluso las fieras de los bosques buscaron refugio en lo más recóndito e inaccesible de las montañas.
Todo era desolación y muerte.
El ánimo de Skair se turbó y, con él, el de todos sus leales. Reunidos en consejo, decidieron que había llegado el momento de buscar un nuevo territorio en donde establecerse. Esta fue la causa por la que, ya en los tiempos antiguos, un puñado de athlanios iniciaron su particular éxodo hacia el continente.
La empresa era arriesgada: nadie sabía qué había más allá de los principales asentamientos costeros. Pero Skair mantuvo encendida la luz de la esperanza en su corazón. Además, con él viajaba en secreto el Néiren de Athlandir, al que quiso poner a salvo de sus crueles y sanguinarios hermanos.
Las escasas noticias que llegaban desde el interior de las regiones conocidas venían a menudo deformadas, adquiriendo un tinte fantástico, que hacía aún más temibles a los pueblos y criaturas que habitaban en aquellos parajes ignotos.
Navegaron siempre hacia el Norte, siguiendo el sinuoso trazado de la costa en busca de un enclave libre. La escasez de alimentos y la enemistad de las gentes que encontraron a su paso les impedían penetrar hacia las extensas llanuras del interior.
Desde el mar avistaron por fin la gran barrera blanca del Úrmiagh, a cuyas cercanías llegaron a finales del verano. La larga travesía estaba resultando ardua y penosa.
Cuando más abatidos se hallaban, perdidos en medio del océano y arrastrados por una terrible tempestad, divisaron un nuevo país.
Skair supo en su corazón que aquélla era la tierra que durante tanto tiempo habían anhelado y decidió que la bautizarían con el nombre de “Invérnnidas Athlanias” (“la Athlandum del Norte”) o más sencillamente “Invérnnia”.
Ese mismo día, el pueblo entero se congregó en la playa y dio gracias al Dios único, Creador del mundo y de los hombres, por poder iniciar una nueva existencia en paz, lejos de las crueldades de los antiguos señores de Athlandum.
Eran pocos, pues el largo camino se había cobrado un caro tributo, pero estaban unidos y dispuestos a luchar por labrarse un futuro para sus hijos y para los hijos de sus hijos.
*
El territorio de Invérnnia ocupaba una situación extremadamente boreal. A pesar de que la barrera montañosa del Norte ofrecía una buena defensa frente a los gélidos vientos polares, los inviernos eran largos y fríos. Incluso en el Sur, en torno a Féren—Mahor, la nieve cubría las tierras de tres a cuatro meses al año.
Con el paso del tiempo, los athlanios habían llegado a habitar la práctica totalidad de la península de Invérnnia. Habitaban todo el territorio al Sur del llamado istmo de “Skairdunum” o Baluarte de Skair, llamado así porque en ese lugar se alzaba un importante bastión frente a los violentos asaltos de los hombres del Norte. Se trataba de una feroz estirpe de hombres habituados a subsistir en medio de las más duras condiciones de vida, en una tierra hostil y desconocida para los athlanios.
Los descendientes de Skair habían aprendido a amar a la tierra de Invérnnia como propia. Mantenían algunos relatos orales que se habían ido transmitiendo de generación en generación, y que todavía recogían una difusa memoria de su migración desde la lejana Athlandum. Pero no conservaban ya un recuerdo preciso de su emplazamiento exacto, ni mucho menos del tiempo transcurrido desde la antigua llegada de sus mayores, los primeros pobladores de la península.
Sin embargo, se diría que entre todos los invernneses se mantenía viva una añoranza ancestral. Un anhelo que todos daban por sentado que algún día se cumpliría: el regreso a la remota y casi mítica isla de Athlandum, a aquella tierra de la que provenían y en la que, para bien o para mal, seguirían todavía morando los descendientes de sus mismos antepasados.
Tal vez por este motivo, a pesar del lento pero inexorable paso de los siglos, los sucesores de Skair habían continuado llamándose a sí mismos “athlanios”. Athlanios del Norte o invernneses, pero, en definitiva, athlanios. Pues, además, se consideraban los auténticos continuadores de la cultura athlántica, a la que habían puesto a salvo del odio exterminador que se había abatido sobre su tierra de origen.
En efecto, los athlanios de Invérnnia habían cuidado y mantenido celosamente todas sus tradiciones. En particular, continuaban celebrando año tras año la llamada fiesta del equinoccio de otoño. Aquella en la que se rememoraba la llegada de Skair y sus gentes hasta la lejana “Invérnnidas Athlanias”.
La aldea de Féren—Mahor, emplazada sobre lo alto de un promontorio costero, era la más famosa entre las poblaciones del Sur. Nadie había olvidado que en su día constituyó el primer asentamiento de los pioneros llegados con Skair. Por ello, la fiesta del equinoccio de otoño era celebrada con especial solemnidad en la aldea.
En esta ocasión, en los momentos anteriores a que diera comienzo el banquete, mientras iban llegando los rezagados, no se hablaba de otra cosa que del niño que esperaba Amairia. Era toda una novedad, pues Amairia era de edad avanzada y muchos años habían pasado desde su desposorio con Herko.
Amairia comentó que, a juzgar por las patadas que daba en su seno, su hijo tendría la fuerza de un jabalí. Ante tal comentario y, sobre todo, ante la alusión a la figura del jabalí, Sarggo, el anciano sacerdote, tomó la palabra para referir una vieja leyenda que le era muy querida y cuyo origen se atribuía a un sueño del propio Athlandir. Muchos en la aldea la conocían. Pero a Amairia y a Herko les agradó, o al menos así lo manifestaron, volver a escucharla de labios del sacerdote:
—Veréis, cuentan que Athlandir tuvo en una ocasión al final de sus días un extraño sueño. Las imágenes que vio podrían dividirse en dos partes. Pues en primer lugar, como en una terrible pesadilla, entrevió que a su muerte su reino se dividiría y fracturaría en múltiples banderías y facciones que pelearían entre sí. Toda la herencia de su extenso reinado quedaría dilapidada en muy poco tiempo. Incluso las águilas levantaban el vuelo y abandonaban la desolada tierra de Athlandum. Pero a continuación, sus sueños tomaron un tinte claro y brillante. Se vio inundado de luz y, en medio de una gran serenidad interior, contempló a un noble guerrero de su estirpe que abatía con su lanza a un enorme jabalí blanco.
—¿A un jabalí blanco? —Preguntó Herko fingiendo oír la historia por primera vez—. ¡Qué extraño! Jamás se ha visto ninguno de ese color...
—Ese guerrero —continuó Sarggo con una sonrisa— portaba en su frente el Néiren invicto de Athlandir, luciendo el emblema de nuestra pueblo: precisamente la cabeza de un jabalí. Sobre su cabeza, una incontable multitud de águilas volaba a gran altura, de regreso hacia la tierra de Athlandum. Algunos sabios interpretaron su sueño en el sentido de que aquel guerrero restablecería algún día el antiguo orden y esplendor de Athlandum.
—¿Cuándo? ¿Cuándo? —quiso saber Herko.
—Algún día —respondió Sarggo—. Tal vez no pase de ser una leyenda. Pero en cualquier caso es muy bella. Y siempre me ha dado que pensar. Quién sabe, quizá no esté muy lejos el momento en que ese cazador que entrevió Athlandir…
En la aldea, también Debrah esperaba un hijo. Había escuchado en silencio el relato que el anciano sacerdote dirigía a Herko y Amairia, y la alusión al futuro nacimiento de aquel cazador. ¿Sería el hijo de Amairia o tal vez el suyo? Ella era más joven y otros hijos habían precedido al que venía. Pero no. Ella no era noticia. Y eso no le gustaba. Más bien le llenaba de envidia y de coraje hacia Amairia y hacia su hijo.